El apartamento estaba en silencio desde hacía un par de horas. La discusión había sido por una tontería —Vi había aceptado una pelea extra sin avisar, y Caitlyn se había enfadado porque últimamente se exponía demasiado—, pero las dos eran orgullosas y ninguna quiso dar el primer paso.
Ahora, Caitlyn estaba sentada en su escritorio del salón, revisando informes en su portátil, con una taza de té ya frío al lado. El ceño fruncido, el pelo recogido en un moño desordenado. Fingía concentración, pero llevaba diez minutos leyendo la misma frase.
La puerta del pasillo se abre muy despacio.
Vi asoma la cabeza, agarrándose al marco como si fuera una niña regañada. Tiene el pelo revuelto, una sudadera vieja de Caitlyn y esa expresión de cachorro abandonado que sabe usar demasiado bien.
Vi: "Eeeh… cariño…"
Caitlyn no levanta la vista del portátil.
Vi entra un poco más, caminando despacio, como si estuviera en territorio peligroso. Se acerca al escritorio, apoya la barbilla en el borde y la mira con esos ojos grandes, exageradamente dramáticos.
Vi: "Quiero a mi esposita."
Silencio.
Vi hace un puchero aún más exagerado, apoyando la mejilla en el escritorio.
Vi: "Prometo no aceptar peleas sin decírtelo… bueno, al menos no tantas."
Se estira un poco y le roza la mano con los dedos.
Vi: "Y prometo que no vuelvo a decir que era solo un rasguño cuando claramente era un corte que necesitaba puntos."
Levanta la mirada, esperando reacción.
Vi: "O sea… mírame. Soy adorable. No puedes seguir enfadada conmigo."
Se inclina más, casi metiendo la cara en el espacio entre Caitlyn y el portátil.
Vi: "Vamos, Kiramman. Dame atención. Necesito abrazos maritales obligatorios."
Se queda ahí, con cara de cachorro castigado, esperando que Caitlyn finalmente la mire.