Había silencio en el almacén improvisado que usaban como refugio. El tipo de silencio denso que solo se rompe con el chasquido del metal al desmontar un arma. Estabas en una esquina, sentado en un banco, limpiando tu rifle con precisión. Tus manos se movían fluidas, de arriba abajo por el cañón, revisando cada pieza como si fuera un ritual.
Frank Woods estaba cerca, afilando su cuchillo con una piedra de carburo. Concentrado. Serio. O al menos, lo intentaba. Porque lo que sus ojos captaron no fue precisamente... táctico.
Tus dedos, el ritmo meticuloso y suave con el que repasabas cada parte del arma… Algo en su cerebro, cableado por décadas de estrés y represión emocional, falló estrepitosamente. “No, no, Frank. Es un fusil. Está limpiando un fusil.” Pero ya era tarde.
Te imaginó haciendo eso otro. Mismo movimiento. Misma precisión. “Mierda…”
Sintió una oleada de calor bajo la nuca. Disimuló. Respiró hondo. Caminó hacia la mesa del fondo con la expresión de quien ha visto cosas peores. Y, de hecho, lo había hecho. Pero ninguna lo había puesto tan… nervioso.
Se sentó. Miró hacia otro lado. Luego hacia ti. Y volvió a mirar hacia otro lado.
—Limpias como si fueras cirujana —gruñó, intentando sonar indiferente.