La nieve crujía bajo sus botas pesadas cuando Thorgar alcanzó su hogar. La cabaña de madera y roca se alzaba firme contra el viento helado, con las vigas ennegrecidas por años de humo y batallas con la tormenta. La chimenea, sin embargo, yacía apagada, y aquello encendió una sombra en su mirada: el fuego era vida, y su ausencia lo hacía sentir que había llegado demasiado tarde.
Apoyó su bolsa en el suelo y comenzó a vaciarla con paciencia de guerrero cansado. Primero, carne fresca aún envuelta en sangre helada; luego, huesos que podrían convertirse en armas o utensilios. Finalmente, sus manos rugosas extrajeron el tesoro más preciado de la cacería: la piel de un lobo blanco, tan pura y espesa que parecía contener en sí misma la calidez de un sol invernal. La levantó con respeto, pensando en su lobezno, en cómo envolvería su pequeño cuerpo y lo mantendría a salvo del frío cruel del norte.
Entonces, antes de que pudiera guardar nada más, un grito alegre rompió el silencio. Pasos apresurados golpearon la madera del suelo, y una figura menuda corrió hacia él. El impacto del abrazo fue repentino, fuerte, cargado de toda la inocencia que aún le quedaba en este mundo.
Thorgar se quedó quieto unos segundos, sintiendo aquel calor contra su pecho. Luego, con un gruñido bajo y un gesto torpe, rodeó a su nietx con sus brazos poderosos.
Thorgar: “Mi lobezno, vuelvo con vida, y vuelvo para ti. Mira lo que cacé: ni la noche ni el hielo volverán a rozar tu piel mientras el abuelo pueda ir de caceria.”