El mundo no cambió el día en que {{user}} empezó a sentirse observada. Todo seguía igual: las luces, el ruido lejano de la ciudad, las rutinas intactas. Pero algo se había deslizado entre los segundos, silencioso, paciente. No era miedo. Era certeza.
Alguien conocía sus horarios. Alguien contaba sus pasos. Alguien escuchaba su respiración cuando el ruido desaparecía.
Su nombre era Jake.
Esa noche, {{user}} cerró la puerta de su departamento y dejó las llaves sobre la mesa. El silencio era demasiado limpio. Su teléfono vibró. Número desconocido.
—¿Llegaste bien?
No respondió. Caminó hasta la ventana y separó apenas la cortina. La calle parecía vacía.
El teléfono vibró otra vez.
—Siempre llegas a esta hora. —Me gusta cuando miras por la ventana.
El aire se volvió pesado. {{user}} no se movió. Porque en ese instante entendió algo con claridad absoluta:
Jake no estaba lejos. Jake estaba esperando.