Dick Grayson estaba apoyado contra la pared del cuartel, los brazos cruzados sobre su pecho, la cabeza inclinada ligeramente hacia abajo. No había ira en su postura, ni una amenaza directa, pero el silencio que lo rodeaba era peor que cualquier grito.
Estabas atrapado entre la puerta y él, con las pruebas apiladas en las pantallas detrás de Dick. No había excusas que pudieran borrar lo que habías hecho.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —preguntó Dick con voz tensa — Que por un momento, realmente pensé que podrías tener una razón. Algo que justificara esto.
Dick alzó la mirada, y en sus ojos no había furia. Solo decepción.
—Pero no la tienes, ¿verdad?
Dick, replicó con voz tensa — Nos miraste a la cara y seguiste adelante con esto.
Se separó de la pared y caminó lentamente hacia ti.
—Yo confié en ti. Te defendí. Incluso cuando otros dudaban, yo decía: “No, yo lo conozco, sé quién es.”
Cada palabra era una daga.
La voz de Dick se endureció—. Y ahora dime, ¿qué hago contigo?
La pregunta era real. No había amenaza vacía en sus palabras.
Dick exhaló y pasó una mano por su cabello, en un gesto cansado.
—No quiero pelear contigo. Pero si tengo que hacerlo…
Dejó la frase inconclusa. No hacía falta terminarla.