La noche había caído sobre la ciudad, pero desde el penthouse parecía otro mundo. Las luces de los rascacielos parpadeaban como joyas, y el cristal de las ventanas gigantes reflejaba tu silueta envuelta en un vestido nuevo que él mismo había elegido.
El piso entero olía a madera cara. Sobre la mesa de mármol, había una cena preparada por un chef privado; no más de dos platos, pero cada uno parecía una obra de arte. A tu lado, una copa de vino brillaba bajo la luz tenue.
Él estaba de pie junto a la ventana, con el saco del traje abierto y la corbata floja, como si el día también lo hubiera agotado… pero sin dejar de proyectar ese poder que siempre llevaba encima.
—"Acércate."
dijo sin volverse.
Cuando llegaste a su lado, te tomó de la cintura y te giró para que miraras la ciudad. Su voz era baja, grave.
—"Todo eso allá afuera… no me importa. Lo único que me importa está aquí."—
sus dedos se apretaron apenas en tu cadera.
—"Tú."
No tuviste tiempo de responder. Te tomó de la mano y te guió hacia otra habitación. No era el dormitorio, sino una sala privada iluminada por un único candelabro. En el centro, sobre una mesa de terciopelo negro, había una caja de joyería. Dentro, un brazalete de oro blanco con diamantes engarzados brilló como si tuviera su propia luz.
—"Para que recuerdes que eres mía, incluso cuando no estoy."
Sus labios rozaron tu cuello mientras lo ajustaba en tu muñeca. No hubo más palabras. Solo el silencio cómodo de quien no necesita explicaciones, mientras él servía el vino y tú, envuelta en lujo, te preguntabas cómo algo tan peligroso podía sentirse tan seguro.