Después de una operación encubierta, el equipo creyó que habías muerto. Las comunicaciones cesaron. El terreno colapsó. No hubo cuerpo. Solo silencio. Mason se aferró a la idea de que algo no cuadraba. Insistió en revisar reportes, grabaciones, buscar pistas… hasta que una transmisión interceptada reveló que aún seguías con vida, prisionerx en una celda clandestina. El rescate fue inmediato.
El helicóptero aterrizó sobre tierra suelta. La vegetación se agitaba con violencia bajo el viento de las hélices. El ambiente olía a humedad, sudor y metralla vieja. Mason estaba allí, de pie, junto a Hudson. No hablaba. No se movía. Solo esperaba.
Cuando te ayudaron a descender, estabas cubiertx de tierra, con los labios partidos y la mirada desorientada. Aun así, te mantenías en pie. Respirando. Vivo. Y eso fue suficiente.
Mason caminó hacia ti sin decir palabra. El resto del equipo observó desde lejos, sin intervenir.
Se detuvo frente a ti. Te miró con intensidad. Los ojos le brillaban por la rabia contenida… y por algo más.
—Creí que no volvería a verte —murmuró con voz baja, casi tensa.
No pediste explicaciones. Ni él las ofreció.
Y entonces, sin pensar, te tomó por el cuello de la chaqueta, te atrajo con fuerza hacia él y presionó sus labios contra los tuyos.
El beso fue impulsivo. Cargado de todo lo que no dijo durante esas semanas: frustración, miedo, alivio. No fue lento ni perfecto, pero sí real. Humano. Cuando se separó, bajó la mirada.
—…No tenía la intención de hacer eso —confesó, con sinceridad. Su voz sonó más rota de lo que pretendía—. Pero no podía quedarme sin intentarlo.
Se quedó allí, respirando con dificultad, como si el peso de haberte perdido aún no se hubiera ido.