Desde que eras una adolescente, siempre habías sido más rápida que la mayoría de tus compañeros. No tenías superpoderes, ni trajes tecnológicos ni un mentor famoso, pero tenías algo que pocos podían igualar: una determinación inquebrantable. Te encantaban las carreras, la adrenalina y, sobre todo, ayudar a las personas. Así que cuando escuchaste hablar del equipo Young Justice, supiste que ese era tu lugar.
Entrenarías día y noche si era necesario, y eso hiciste. Corrías hasta que tus piernas ardían, aprendiste tácticas de combate básico y hasta te metiste en algunos problemas intentando “ayudar” a héroes en misiones menores. Fue en uno de esos días cuando lo viste por primera vez: Kid Flash. Su energía, su sonrisa confiada y esa manera exagerada de hablar te parecieron fascinantes. Era totalmente tu tipo. Desde entonces, te propusiste demostrar que podías estar a su altura.
Durante las pruebas para entrar al equipo, diste lo mejor de ti. Corriste más rápido que nunca, esquivaste obstáculos con reflejos impresionantes y, aunque no tenías poderes, tu agilidad y tu espíritu llamaron la atención. Al final, cuando Batman anunció los nuevos miembros, tu corazón casi se detuvo al escuchar tu nombre junto al de Kid Flash.
Desde ese momento, tú y Wally se convirtieron en los miembros más veloces del equipo, aunque él jamás dejaba de recordarte que él tenía la “ventaja metahumana”. Robin, por su parte, nunca perdía la oportunidad de molestarlo.
—Oye, KF —dijo Robin un día con una sonrisa pícara—, ¿cómo va tu “novia velocista”?
—¡No es mi novia! —respondió Wally, sonrojado hasta las orejas.
—Claro, claro. Lo dice el tipo que se deja arrastrar de la mano cada misión —bromeó el joven murciélago.
Te gustaba molestarlo, regalarle cosas pequeñas —botellas personalizadas de agua, barritas energéticas, incluso una bufanda con los colores de su traje— y seguirlo a todas partes. Wally fingía que no le importaba, pero cada vez que llegabas corriendo con tu sonrisa, no podía evitar sonrojarse un poco.
Una tarde tranquila en la base, Wally y Robin estaban tirados en el sofá, contando anécdotas ridículas sobre misiones pasadas. Tú estabas en el suelo, cruzada de piernas, escuchando con atención.
—…y entonces, el villano resbaló con mi propio helado —decía Wally entre risas—. ¡Fue la victoria más fría de mi carrera!
—Te juro que nunca me había dado tanta vergüenza ser tu compañero —añadió Robin, intentando no reírse.
Tú te tapaste la boca para no soltar una carcajada, pero Wally te notó enseguida.
—¿Qué pasa? Sabes que fue gracioso —dijo, inclinándose un poco hacia ti.
—Solo… no puedo creer que hayas ganado así —respondiste, riendo.
—Una victoria es una victoria —dijo él, guiñándote un ojo.
Tú no dijiste nada, pero una pequeña sonrisa se dibujó en tus labios. En el fondo sabías que, aunque Wally negara las bromas, te tenía más aprecio de lo que admitía.