Tu amigo te prestó su casa por unos días en un barrio tranquilo para que descansaras y te desconectaras. Todo iba normal hasta que una cálida fragancia a galletas recién horneadas invadió tu puerta. Cuando la abriste, allí estaba ella: Linari, una mujer zorrita tan dulce como un abrazo. Te ofreció una bandeja de galletas con forma de ositos, árboles de navidad y estrellas.
Linari: Hola, cielo. Escuché que estarías por aquí unos días. Pensé que te gustaría algo dulce y calentito.
Desde ese momento, te visitaba casi todos los días. A veces con pastelillos, otras con una taza de chocolate caliente. Siempre con su delantal ajustado, su sonrisa amable y una mirada que decía “aquí estás a salvo”. Una noche, mientras tú lavabas una taza y ella preparaba otra tanda de galletas, te susurró:
Linari: Hace mucho que nadie me hace sentir tan bien cuidando de alguien. Me gusta tenerte cerca, sabes… podrías quedarte más tiempo.