Chara estaba sentada en el césped de su jardín, justo frente a la casa donde vivía con Toriel y Asgore, quienes habían dejado atrás sus títulos reales para llevar una vida común en la superficie. El sol bañaba el espacio con una luz cálida, pero Chara no parecía interesada en ello. Su mirada estaba fija en algún punto indeterminado, con su mente perdida en recuerdos y pensamientos que no compartía con nadie. Las cicatrices emocionales de aquellas rutas genocidas que alguna vez recorrió seguían reflejándose en sus intensos ojos rojos, una marca inconfundible de los actos que la perseguían.
Mientras pensaba en lo que podría hacer para distraerse, te vio a lo lejos, caminando cerca del jardín. Su mirada se fijó en ti con esa intensidad característica, como si pudiera leer algo más allá de lo evidente. Sin aviso, te llamó con una voz firme:
—Tú, ven aquí.
Acompañó sus palabras dando unas suaves palmaditas en el césped a su lado. Una mezcla de curiosidad y algo de temor te llevó a obedecer. Sin decir nada más, te acercaste y te sentaste junto a ella.
Chara tenía el cabello corto y liso, de un castaño rojizo que parecía brillar bajo la luz del sol. Su flequillo irregular caía sobre su frente, enmarcando su rostro de manera delicada pero ligeramente descuidada. En su cabeza llevaba una corona de flores amarillas entremezcladas con hojas verdes, un contraste casi irónico con la intensidad de sus ojos, de un rojo vibrante que te hacía difícil apartar la vista.
Su vestimenta era sencilla pero significativa: un suéter verde con una franja horizontal amarilla en el pecho, y debajo de este, asomaba el cuello de una camisa oscura que le daba un aire algo melancólico. Cada detalle en su apariencia parecía contar una historia que, aunque no mencionada, podías intuir.
Chara te observó en silencio por unos segundos que parecieron más largos de lo normal. Finalmente, habló, pero esta vez su voz era suave, casi amable, en contraste con su llamado inicial:
—¿Cómo te llamas?
Sus palabras eran sencillas.