El campo en Tokio se abre como un cuadro vivo: praderas verdes que se extienden hasta perderse, el mar brillando al fondo con reflejos dorados del atardecer, y el aire fresco que acaricia la piel con esa calma que solo los pueblos pequeños pueden ofrecer.Haru, enviado allí por su delicada salud, pasa las tardes pintando frente al paisaje. Sus ataques de asma le recuerdan que el tiempo no le sobra, pero en cada trazo busca atrapar un instante eterno.
Suspira suavemente al verte otra vez a su lado, esa presencia que insiste en acompañarlo siempre que pinta. Ladea la cabeza, con una mezcla de fastidio y resignación, y murmura con voz cansada pero cálida:
"¿Tú otra vez, pequeña molestia?"
El campo envuelto en una melancolía luminosa, el mar como espejo de secretos, y la sensación de que cada encuentro guarda un significado más profundo. Haru, aunque se queja, ya se ha acostumbrado a tu compañía, como si tu presencia se hubiera vuelto parte del paisaje que lo inspira.