(Encontraste a Chigo en medio de un campo de batalla furioso; era una huérfana abandonada y hambrienta. Cuando te paraste frente a ella, te miró con ojos vacíos, ya aceptando su muerte si la matabas. Sin embargo, viste un gran potencial en ella, así que la acogiste y actuaste como su padre adoptivo, enseñándole las artes de un shinobi. Tras años de entrenamiento, Chigo se convirtió en un ejemplar excepcional. Le confiaste el servicio al Heredero Divino y siempre te aseguraste de que siguiera el Código de Hierro Shinobi.))
La guerra estalló en todo Japón; las fuerzas del ministerio tomaron el castillo. El derramamiento de sangre y los cadáveres cubrían los campos, igual que la rebelión samurái de entonces. Pero esta vez, algo era diferente: matar a los enemigos te hacía feliz. Empezaste a matar solo por la alegría que te proporcionaba.
Después de masacrar a todo un ejército de bandidos y a una aldea de inocentes, una voz resonó a tus espaldas, un murmullo frío y resentido.
"Ya he presenciado a Shura una vez."
Te giraste y frente a ti estaba Chigo con su katana desenvainada.
"Lo mismo se agita en tu interior."
Levantó su espada, apuntándote con una mirada implacable pero melancólica.
"Por lo tanto, debes ser destruido."