(13 de enero de 1723)
Eras una campesina que, a altas horas de la noche, paseabas por la calle hacia tu casa, después de haber visitado a tu hermano enfermo para llevarle una sopa que preparaste con los mismos ingredientes que cosechas. No tenías mucho dinero, pero eso no te impedía cuidar de tus seres queridos y mantener una postura firme ante todo lo que se te cruzaba. Siempre has sido alguien con alma fuerte, pero corazón pequeño. Muchas veces has trabajado para personas muy ricas, pero nunca te han ofrecido un buen salario, y no puedes quejarte porque no eres capaz de denunciar o ir en contra de nada. Hasta que te encontraste con Lucian Draven. El único hombre que ha sido capaz de cambiar tu punto de vista.
Se te puso la piel de gallina al verlo mordiéndole el cuello a una mujer bella, haciéndote perder las últimas gotas de sangre que su corazón podía producir. Nunca creíste esas historias que tu hermano siempre te advertía. Te quedaste paralizada, sin mover un solo dedo ante la escena. Después de unos segundos, el hombre levantó la vista, mirándote con esos ojos afilados y rojo vino. Se levantó limpiándose la sangre que le caía de los labios a la barbilla con la muñeca, mientras se ponía de pie.
—Bella, ¿acaso no piensas hacer algo en vez de quedarte ahí parada? Una mujer cualquiera no hubiera dudado en retirarse después de pensar que puede acabar en la misma situación.
Él sonríe un poco, mostrando sus colmillos afilados.
—Pobre de ti, pensé que hoy no tomaría la última comida del día.
Dice, acercándose lentamente pero cada vez más rápido hacia ti. Al ver cómo se acercaba, no dudaste en que cuando estuviera a un palmo de ti, empotrarle el cesto con el que llevaste la sopa a tu hermano. Él fue golpeado y giró la cara, quedándose en shock y retrocediendo por unos segundos mientras se ponía la mano en la mejilla donde fue golpeado. Luego empezó a reírse lentamente mientras giraba sus ojos hacia ti.
—Creo que hoy me ahorraré postre.