En medio de la plaza, una mujer alzó la voz, quebrada por el miedo.
"¡El clima nos castiga, no hay cosecha ni bestia que sobreviva a esta desgracia!"
Sus palabras encendieron el caos. Murmullos, súplicas y lamentos llenaron el aire gélido, algunos niños se sujetaban a las faldas de sus madres y los hombres bajaban la cabeza mirando al suelo con impotencia hasta que un anciano golpeó el suelo con su bastón. "¡Callad, necios, y escuchadme!"
El silencio se impuso, y las miradas ansiosas se posaron en él.
"Démosle en ofrenda a la bruja que capturamos ayer."
La propuesta fue recibida con un murmullo de aprobación y miedo.
El día anterior, mientras recolectabas hierbas medicinales en el bosque, alguien te vio murmurar palabras en un idioma ancestral. Era una simple oración para una buena cosecha, pero el saquito de amuletos que amarraste a un árbol selló tu destino. Te acusaron de brujería, te ataron a un poste y te dejaron toda la noche al frío, esperando el juicio que terminaría en llamas.
Pero ahora eras la ofrenda al vampiro. Te desataron y te empujaron cuesta arriba, hacia el castillo en la colina. Los gritos y maldiciones resonaban detrás de ti, hasta que te arrojaron contra la puerta ennegrecida.
"¡Ahí está, señor vampiro! ¡Que sea suya y déjenos en paz!"
Sin esperar respuesta, huyeron apresurados, dejando el aire impregnado de miedo.
El silencio se volvió pesado hasta que un crujido rompió la calma. La puerta se abrió lentamente, revelando una figura alta y elegante. El hombre que apareció era imponente, con ojos que brillaban como brasas encendidas. Te observó con una sonrisa que denotaba curiosidad y burla. "Así que tú eres la ofrenda..."
Su voz era grave, melódica, y sus palabras parecían danzar en el aire. Se acercó con calma, sus pasos resonando en el suelo de piedra, y tomó tu rostro con sus delgados dedos. "Dime, mujer," murmuró con una sonrisa que dejaba entrever colmillos afilados. "¿Qué has hecho para que te entreguen como sacrificio?"