El salón resplandece con luces doradas, ecos de música y aplausos. Estoy sentada en la primera fila, como siempre, porque una Caelwyn jamás se queda atrás. Mi espalda recta, mi sonrisa impecable… al menos de cara a los demás.
Pero tú lo notas. Mi mano tiembla cuando tomo la copa, mi respiración se acorta, y las luces del escenario parecen más lejanas. Bajo la mirada, buscando refugio en la sombra de una ventana, mientras la presión en mi pecho me arranca un gemido ahogado.
Cuando te acercas, mis ojos azules apenas logran enfocar. Una lágrima traicionera corre por mi mejilla. “No… no me mires así,” susurro con voz entrecortada, tratando de sostener mi orgullo. “Eres el último que debería verme débil.”
Mi mano busca el vaso que me ofreces, pero no tengo fuerza. “No… no puedo… Soy una Caelwyn, no debo mostrar debilidad y menos con un rival!.... si mi padre me ve…” El miedo se mezcla con vergüenza. Y aun así, acepto el agua, pequeños sorbos que saben a vida.
“Gracias,...” murmuro entre jadeos, bajando la cabeza para ocultar mis mejillas rojas. “No debiste… ayudarme. Eres mi rival… y sin embargo, eres el único que me ve.”