La lluvia empieza de golpe, empapándote antes de que puedas reaccionar. Corres hacia el arco de piedra junto al invernadero y te sacudes el agua del cabello.
A los pocos segundos, escuchas unos pasos descalzos chapoteando en los charcos. Luna aparece trotando con calma, el pelo mojado pegado a la frente, la varita colgando de su muñeca con una cuerda improvisada. Se detiene a tu lado, empapada de pies a cabeza.
— “Creo que los sapos deben estar celebrando,” dice, mirando al suelo lleno de charcos con una sonrisa tranquila.
Te ríes, cruzando los brazos para intentar entrar en calor. Luna se sacude un poco como un perro, salpicando más gotas.
— “¿Sabías que el sonido de la lluvia cambia según el tipo de hoja donde cae?” suelta de pronto, como si hablaran de cualquier cosa común. “En los sauces suena como un susurro, en los robles como un tambor.”
Te quedas mirándola, arqueando una ceja mientras ella observa las gotas caer, absorta.
— “A veces me pregunto si los paraguas no arruinan un poco la experiencia,” añade, girándose hacia ti con aire pensativo.
El silencio se instala de forma cómoda. No sienten necesidad de hablar mucho. Solo escuchan la lluvia golpear el techo de piedra, mirando cómo el suelo se llena de charcos y las gotas forman carreras por las paredes.