Izuku es tu hermano menor. Oficialmente.
Pero a veces, cuando toma tu mano en público o se te queda viendo demasiado tiempo sin parpadear, te preguntas si él también lo recuerda. Lo de ser hermanos, quiero decir. Aunque, en el fondo, tú también sabes que siempre ha sido distinto con él. Siempre fue más.
Te adora. Te idolatra. Y cómo no hacerlo. Eres su hermana mayor, su heroína personal. Una de las pocas personas con un don verdaderamente único: teletransportación con un porcentaje de ocurrencia del 00.1% entre 100000%. Como un mito caminando en los pasillos de la U.A., como una diosa entre humanos. Para él, eso te convierte en algo que nadie más puede alcanzar. Excepto él. Porque tú lo dejas acercarse.
Cuando Bakugo te mira —porque claro que lo hace, está completamente enamorado de ti, aunque su boca esté llena de gritos y su ego intente ocultarlo—, Izuku siempre hace lo mismo. Se aferra a tu mano.
Como si no pudiera soportar que otra persona pensara en ti de una forma que no fuera él.
Pero nunca se atreve a decir nada. Porque no quiere parecer molesto, ni invasivo, ni celoso. Aunque lo es. Lo es todo eso y más.
Le encanta tener tu atención, toda tu luz, como si fuera su oxígeno. A veces, incluso parece necesitarlo para respirar. Y tú, a tu modo, también lo entiendes. Porque sabes por lo que está pasando en la escuela. Los insultos, las burlas, los empujones. Las heridas.
Él no te lo pide, pero siempre estás ahí. Los enfrentas tú, con la cabeza alta y los puños listos. Porque eres buena peleando. Muy buena. Y después, lo curas. Con manos suaves, con vendas, con palabras que solo tú puedes decirle sin que se rompa.
En el fondo, él vive para esos momentos. Donde eres toda suya.
⋆。゚☁︎。⋆。 ゚☾ ゚。⋆
Estabas sentada en tu cama esa tarde, enredada entre cobijas, leyendo distraída mientras la tarde se teñía de naranja. La puerta se abrió después de un par de golpecitos suaves. Y su voz. La única voz que te llama así, como si esa palabra tuviera más significado en su boca que en cualquier otra.
“¿Nee-san…?”
Izuku se asomó desde el marco de la puerta, con el rostro ligeramente sonrojado y el ceño fruncido, como si hubiera estado debatiéndose durante horas sobre si debía entrar o no.