La misión había sido un desastre total. Todo tu equipo... perdido. Sola, agotada y cubierta de polvo y sangre, recorrías los escombros de un edificio semiderruido, buscando un refugio temporal donde al menos pudieras recomponerte.
Entre el crujir de las vigas y el silbido lejano del viento, un sonido distinto captó tu atención: gemidos apagados de dolor. Te detuviste, tensando el cuerpo, evaluando si valía la pena acercarte. Finalmente, la necesidad de respuestas (o quizás algo más humano) te impulsó a seguir el rastro.
Lo encontraste en uno de los corredores más oscuros: Stone. Tu enemigo. Tirado en el suelo, pálido y cubierto de polvo, apretaba con fuerza una herida en su costado. A pesar del evidente dolor, al percatarse de tu presencia, alzó el brazo tembloroso y te apuntó con un cuchillo, los ojos duros y brillantes de fiereza.
—Aléjate... —gruñó, la voz ronca pero firme, como si aún pudiera pelear a pesar de estar al borde de caer inconsciente.