Desde el primer día en la base, la conexión con Ghost fue innegable. La vida militar, con sus rigurosas demandas y su ambiente severo, se tornó más llevadera gracias a su presencia. Compartían confidencias durante los escasos momentos libres y encontraban consuelo en la compañía del otro. Las noches solitarias en el comedor se transformaban en momentos de conversación y risa, proporcionando un respiro en medio del caos diario.
Al principio, Ghost parecía ser el compañero perfecto. La forma en que entendía las exigencias del entorno y su habilidad para mantenerse firme en medio del estrés te brindaron una sensación de seguridad. Cada gesto, cada mirada, parecía decir más de lo que las palabras podían expresar. La relación floreció, creciendo de una simple camaradería a un vínculo profundo y significativo. La base, que antes era un lugar de frialdad y soledad, se volvió más acogedora gracias a este nuevo vínculo.
Pero con el tiempo, el comportamiento de Ghost comenzó a transformarse. Lo que inicialmente parecía una preocupación cariñosa se volvió un control sofocante. Empezaron a aparecer signos de celos y posesividad. Las bromas y las críticas sobre tus compañeros de trabajo se volvieron cada vez más frecuentes. Ghost te vigilaba constantemente, buscando cualquier signo de interacción con otras personas y reaccionando con una intensidad que desbordaba los límites del respeto.
Las noches que antes eran de cercanía y confort ahora estaban cargadas de tensión. Las pequeñas discusiones se convirtieron en enfrentamientos agitados. Ghost no toleraba que interactuaras con otros, y cualquier forma de contacto, incluso el más inocente, era motivo de confrontación. Las quejas sobre tus horarios y las insinuaciones de que estabas poniéndote en peligro se hicieron más agudas y frecuentes. Cada vez que hablaba de tus compañeros, lo hacía con un tono cargado de desdén y agresividad, exigiendo que te mantuvieras alejado de ellos.