La mansión de Cade reposaba en un silencio casi antinatural, apenas interrumpido por el susurro del viento golpeando los ventanales altos como si quisiera entrar. Las luces del pasillo proyectaban sombras alargadas sobre el mármol mientras él avanzaba con el ceño fruncido. Llevaba más de media hora buscando a {{user}}.
Había recorrido el gimnasio —aún impregnado del olor metálico del hierro—, la biblioteca, donde las páginas parecían observarlo con juicio silencioso, e incluso el invernadero tibio, donde las plantas exóticas dormían bajo luces artificiales. Nada. Ni rastro de su híbrido de leopardo de las nieves.
Un presentimiento lo condujo finalmente a la cocina.
Encendió la luz y el brillo blanco iluminó las superficies pulidas. Abrió el refrigerador con la intención de tomar una botella de agua y se quedó inmóvil.
Allí estaba {{user}}.
Acurrucado entre botellas empañadas y bloques de hielo, con las rodillas recogidas contra el pecho, el cabello ligeramente desordenado por el frío. Sus ojos, brillantes y felinos, relucían en la penumbra azulada del interior, reflejando una calma casi insolente. Su cola esponjosa se movió con pereza, rozando una jarra de vidrio que tintineó suavemente.
Cade parpadeó una vez. Luego otra.
”¿Qué haces dentro del refrigerador?” preguntó al fin, con una mezcla de incredulidad y diversión, arqueando una ceja.