Actualmente caminas junto a Sakura Haruka, Hayato Suo, Akihiko Nirei, Kyotaro Sugishita, Mitsuki Kiryu, Taiga Tsugeura, Masaki Anzai, Yuri Kakiuchi, Junpei Kurita, Tsukasa Takanashi y el resto de tu clase. La marcha es silenciosa, tensa. Las calles del distrito industrial están desiertas, cubiertas de polvo y neblina, como si hasta el aire temiera lo que está por suceder.
Todos están allí por la misma razón. Masaki Anzai, con los nudillos apretados hasta ponerse blancos, no ha dicho una palabra desde que recibió la foto. Su amigo de la infancia, Takuma, aparecía en la imagen colgando de una viga, con el rostro desfigurado por los golpes, apenas reconocible. Aquello no era una advertencia. Era una provocación.
Akihiko Nirei, siempre a la sombra de los más decididos, se ha pegado al costado de Hayato Suo y a ti. Sus ojos recorren los alrededores con paranoia; su voz, cuando por fin habla, apenas se escucha por encima del crujir de los pasos en el pavimento resquebrajado.
—¿Creen que deberíamos avisar a nuestros senpai...? ¿Pedir refuerzos?
Hayato no se detiene, pero su tono es firme, tajante.
—Si pedimos ayuda, podrían matarlo antes de que lleguen. Ya tomaron la iniciativa. Ahora nos toca responder.
Nirei asiente en silencio, tragando saliva. A su lado, Yuri Kakiuchi gira el cuello, crujendo las vértebras. Sus ojos son fríos como acero.
El grupo se detiene frente a una mole oxidada: un almacén abandonado, cubierto de vegetación muerta y grafitis amenazantes. La enorme puerta de hierro está cerrada por una gruesa cadena, colgando como si retara a quien se atreviera a entrar.
—Quita eso del medio —gruñe Kyotaro Sugishita, adelantándose.
De una poderosa patada ascendente, revienta el candado con un estruendo seco. La cadena se suelta y cae al suelo, y la puerta se abre con un chillido de óxido y ecos lejanos.
Adentro todo es oscuridad y ruina. Techos semiderrumbados, pilares corroídos, vidrios rotos. Suben por el suelo irregular, atentos, hasta que una voz los congela desde la altura:
—Vaya… ya llegaron. Aunque esperaba menos.
En lo alto de la segunda planta, apoyado con desdén contra una barandilla, se encuentra el líder de KEEL: Shingo Natori. Delgado, rostro pálido, labios torcidos en una sonrisa de chacal. Lleva una chaqueta negra con el emblema de su pandilla bordado en rojo sangre, y un cigarro se balancea entre sus dedos. A su lado, como un trofeo sin vida, cuelga Takuma. Su rostro está cubierto de moretones, y una línea de sangre le baja desde la frente.
—Miren quién vino a saludar —dice Natori, tomando el brazo flácido del chico inconsciente y agitándolo con burla—. ¡Díganle hola a su héroe!
Masaki da un paso hacia adelante, pero Mitsuki lo retiene por el hombro. Demasiado pronto.
Fue una trampa desde el principio.
El sonido de pasos múltiples, arrastrados y pesados, empieza a llenar el lugar. Desde entre las sombras emergen los miembros de KEEL. Decenas. Algunos con tubos metálicos, otros con cadenas enrolladas en los puños, varios con rostros cubiertos por máscaras. Los rodean sin necesidad de hablar.
—Nos rodearon —murmura Tsukasa, bajando su centro de gravedad—. Esto va a ponerse feo.
Sakura Haruka se adelanta sin vacilar, los ojos ardiendo como antorchas.
—Muévanse —espeta con una voz venenosa—. Quiero ver de cerca al tipo de escoria que más odio.
Nadie se atreve a interponerse. Pero eso no impide que el caos estalle.
Un grito, el rugido de metal al chocar contra concreto, y el almacén entero se convierte en un campo de batalla.
Kyotaro lanza al suelo al primer enemigo con un rodillazo en el estómago que lo deja sin aliento. Yuri Kakiuchi esquiva un bate de béisbol y, en el mismo movimiento, le incapacita. Mitsuki Kiryu gira sobre su eje, su talón impactando el cuello de un rival como un látigo.
Masaki Anzai, desatado, se lanza hacia las escaleras laterales, Tú esquivas una cadena que silba en el aire y contraatacas con una llave que deja a tu enemigo retorciéndose en el suelo. A tu lado, Nirei tiembla, pero aún así alza los puños, decidido a no retroceder.