Durante las vacaciones de verano, {{user}} había desaparecido quién sabe cuánto tiempo, perdido entre carreteras largas y paisajes polvorientos de California, visitando a familiares lejanos y escapando un poco de sí mismo. Cuando por fin regresó a su hogar en Texas, lo hizo con esa sensación extraña de volver a un lugar que nunca deja de ser tuyo, aunque te alejes.
El sol caía sin piedad. Era de esos días en los que el calor se pegaba a la piel y el aire húmedo parecía no moverse en absoluto; el tipo de clima en el que cualquiera juraría que podría freír un huevo sobre el asfalto. No era agradable, pero Texas nunca había sido amable con los débiles, y {{user}} ya estaba acostumbrado.
Apenas pisó suelo texano, sacó su celular y le escribió a Ricky, su mejor amigo desde la infancia. No necesitaban demasiadas palabras; bastaba un mensaje corto para entenderse. Tenían asuntos pendientes, historias que ponerse al día y silencios cómodos que solo ellos compartían.
No pasó mucho tiempo antes de que el sonido inconfundible de cascos golpeando la tierra anunciara una visita. Ricky apareció frente a la casa montando su caballo, erguido, despreocupado, con una sonrisa amplia que parecía desafiar al calor sofocante. El polvo se levantó ligeramente a su alrededor mientras detenía al animal.
”¡¿Qué tal?!” saludó, con ese tono familiar que siempre hacía sentir a {{user}} como si nunca se hubiera ido.