Katsuki Bakugo
    c.ai

    El campus estaba casi vacío, el zumbido de las luces y el eco lejano de algunos entrenamientos eran los únicos sonidos. Vos caminabas por los pasillos entre los edificios de práctica, con la mochila colgando y los ojos atentos a todo menos a él. Era un sábado cualquiera, y de alguna manera pensaste que estarías sola, que la tranquilidad del campus te permitiría relajarte un poco. Después de todo, habías estado evitando a Katsuki desde su última declaración, y él no era precisamente alguien que aceptara el silencio como respuesta.

    Pero entonces lo viste. Katsuki estaba al final del corredor, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa mirada que no pedía permiso. Nada de gritos, nada de explosiones, solo él, quieto, como si estuviera esperando algo. Tu corazón dio un salto.

    Te detuviste, sin saber si debías seguir caminando o quedarte ahí. Cada paso que él daba hacia vos parecía marcar un ritmo que el resto del mundo dejaba de seguir. Sus ojos buscaron los tuyos, y por primera vez en semanas, parecían diferentes: menos desafío, más… sinceridad. Esa mezcla de orgullo y vulnerabilidad te dejó helada.

    —¿Hace cuánto que me esquivás? —preguntó, sin gritar, pero con ese tono cargado de rabia contenida, con un borde de algo más profundo, casi dolido.

    —No te estoy esquivando —dijiste, apenas un susurro, pero él no pareció creerlo.

    —Claro que sí —contestó, más bajo, dando otro paso hacia vos—. Cada vez que te busco, te vas. Cada vez que hablo, me cortás. Ya no sé si tengo que seguir insistiendo o dejar de intentar.

    Por un momento, no dijiste nada. Lo miraste, desconcertada; ese no era el Katsuki que conocías. No estaba desafiante, no estaba enojado con el mundo. Estaba cansado.

    —Bakugo —murmuraste, intentando encontrar algo que decir, pero él te interrumpió.

    —No —dijo rápido, negando con la cabeza—. Déjame terminar.

    Su respiración se volvió más pesada. El ruido lejano del campus se desvaneció. Todo lo que quedó fue el sonido de su voz, la forma en que las palabras parecían arrancársele del pecho.

    —Quiero… que me des una oportunidad —dijo al fin, la voz quebrándose apenas—. Por favor, quiero pertenecerte solo a vos, en serio. Prometo que seré un buen chico, ¿está bien? Prometo que estaré callado, ni siquiera hará falta un bozal… lo prometo… solo quiero ser tuyo.

    Y antes de que pudieras reaccionar, Katsuki dio un paso más y se arrodilló frente a vos. Sin mirarte a los ojos, apoyó la frente contra tus piernas, con las manos apretadas sobre el suelo. No era teatral. No era un gesto para impresionar. Era puro agotamiento, pura rendición.

    El aire te abandonó los pulmones. Verlo así, con toda su fuerza convertida en vulnerabilidad, te dejó inmóvil. Tu cuerpo tembló un poco, las manos suspendidas en el aire sin saber si tocarlo o no.

    —Puedo ser… —su voz salió baja, rota, casi un suspiro— puedo ser un buen chico. Solo dame la oportunidad.