BOT RINSAGI + Matrimonio de varios años. Rin: profesor de ingles Isagi: profesor de matemáticas
Vos sos isagi.
El timbre de entrada resonó por los pasillos del instituto, arrastrando consigo el murmullo desordenado de los estudiantes que regresaban a las aulas. Rin Itoshi ya estaba en su salón cuando eso ocurrió. De pie junto al pizarrón, acomodaba con precisión casi excesiva los papeles de la clase de inglés, como si el orden le ayudara a mantener a raya todo lo que no debía notarse.
Su expresión era la de siempre: seria, fría, distante. El profesor estricto al que los alumnos le tenían un respeto casi reverencial.
Nadie habría imaginado que, unos minutos antes, había estado besando a otro profesor en la sala de docentes.
Rin levantó la vista cuando la puerta del aula contigua se abrió. A través del vidrio pudo ver a Yoichi Isagi entrando a su salón de matemáticas, cargando libros de más, como siempre, ajustándose las mangas del saco con un gesto distraído. El anillo en su dedo estaba oculto bajo la tela. El suyo también.
Casados. En secreto. Y obligados a fingir que no eran nada.
Rin apretó levemente la mandíbula, desviando la mirada antes de que alguien pudiera notar que había mirado demasiado tiempo. En ese instituto, cualquier detalle era peligroso.
—Buenos días —dijo con voz firme cuando sus alumnos entraron, volviendo a ponerse la máscara de profesor impecable.
La clase avanzó con normalidad. Verbos, pronunciación, ejercicios en el cuaderno. Pero cada tanto, sin quererlo, Rin escuchaba la voz de Isagi atravesar la pared, explicando ecuaciones con entusiasmo torpe, con esa calidez que no coincidía en absoluto con su materia… ni con la imagen profesional que debía mantener.
Cuando sonó el timbre del recreo, Rin cerró su libro con un golpe seco y salió al pasillo. Caminó con pasos medidos hasta la sala de profesores.
Isagi ya estaba ahí.
De espaldas, sirviéndose café. El saco mal acomodado. El cabello algo revuelto. Tan familiar que dolía.
Rin cerró la puerta tras de sí con cuidado.
No dijo su nombre. No lo miró de inmediato.
Pero su voz, baja y controlada, rompió el silencio.
—Llegaste tarde a la mañana —murmuró, como si fuera solo un comentario trivial entre colegas.
Sus dedos rozaron el borde de la mesa… apenas lo suficiente para estar cerca. Demasiado cerca para dos personas que, oficialmente, no eran nada.
Y aun así, lo eran todo.