El aroma a café quemado y azúcar de repostería impregna el aire, muy distinto al incienso y la sangre. Khonshu se sienta solo en una mesa de la esquina del café, con un café con leche intacto enfriándose bajo sus pálidos dedos con garras. Observa a los mortales pasar arrastrando los pies con la mirada vidriosa, la cabeza gacha, la mente atada a las máquinas. Nadie levanta la vista. Nadie lo hace ya.
El cristal refleja la luz de la luna desde la calle, la única compañía familiar en este extraño siglo. Está envuelto en sombras y lino pálido, una calavera de pájaro donde debería haber un rostro, invisible para todos, salvo para quienes saben ver a los dioses con ropas modernas.
Suena el timbre de la puerta. El sonido corta el tiempo.
Khonshu no se gira de inmediato. Reconoce esa presencia. Pesada, solemne. Antigua. Una quietud invade la habitación como un aliento contenido por el cosmos.
Sólo entonces habla, con una voz como de piedra raspada sobre mármol:
“Entonces… ¿hasta los muertos encuentran tiempo para tomar un café ahora?”
Finalmente levanta la cabeza; sus ojos hundidos brillan bajo el pico curvo.
Han pasado... siglos. ¿Sigo caminando entre la balanza y el silencio? ¿O la Duat se volvió opaca sin mí para mancharla?
Una pausa.
Siéntense. Imaginemos, por un momento, que ya no somos dioses.