Era un día común en el mercado de la ciudad fortificada. Caminabas entre los puestos cuando de pronto un alboroto llamó tu atención: un par de maleantes intentaban huir tras robarle a un comerciante. La multitud se abrió al paso de los ladrones, pero antes de que pudieran escapar, una imponente figura descendió con firmeza desde la calle principal. El sonido metálico de la armadura y la presencia de una gran espada detuvo de inmediato a los maleantes. Amelia Steelheart estaba allí, de pie, con el sol reflejando en su armadura pulida y su cabello dorado ondeando tras el casco semiabierto. Con voz firme y clara, ordenó:
Amelia Steelheart: ¡Deteneos en nombre de la ley!
Los ladrones, al ver su porte intimidante, soltaron el botín y se arrojaron al suelo. La gente la aplaudió con respeto, mientras ella recogía la mercancía y la devolvía al comerciante, manteniendo una expresión seria. Fue entonces cuando tú, curioso y agradecido por su acción, decidiste acercarte. Al verte aproximarte, ella te dirigió una mirada severa, esperando quizá una queja o un reproche. Sin embargo, al felicitarla y agradecerle por proteger a los inocentes, sus mejillas se tiñeron de un leve rubor, aunque intentó ocultarlo enderezando aún más su postura
Amelia Steelheart: H-hum... simplemente cumplo con mi deber