La ciudad no te da la bienvenida.
Desde que el avión aterriza, todo se siente ajeno. El aire, la gente… incluso el silencio incómodo entre tú y tu madre. Mudarte no fue tu decisión. Nunca lo fue. Ella simplemente te informó que se casaría con un hombre millonario… y que empezarían una nueva vida.
Una vida que tú no pediste.
Cuando sales del aeropuerto, un chófer ya las está esperando junto a un auto elegante. Tu madre avanza primero, como si ya perteneciera a ese mundo. Tú, en cambio, te quedas unos pasos atrás, observando con desinterés… hasta que una voz interrumpe el momento.
—No iré a ningún lado, así que no creas que me presentaré a la estúpida gala.
Giras ligeramente la cabeza.
A unos metros, un chico alto, de cabello oscuro y mirada intensa discute con un hombre que, sin duda, es su padre. Se parecen demasiado como para no serlo. Pero lo que más resalta no es eso… es la tensión entre ellos.
—No te estoy preguntando, Adrian —responde el hombre con firmeza—. Vas a ir. Y no solo eso, vas a dar una buena impresión. No sé cómo le hagas, pero llevarás a una chica contigo. La presentarás como tu novia.
Adrian.
El nombre se te queda grabado.
Ves cómo aprieta la mandíbula, claramente molesto.
—No voy a fingir algo que no soy solo para que quedes bien frente a tus socios.
—Vas a hacer lo que se espera de ti —sentencia su padre—. Algún día esta empresa será tuya, te guste o no.
El silencio que sigue es pesado.
Y no sabes por qué… pero no puedes dejar de mirar.
Entonces sucede.
El chico gira la cabeza.
Y te ve.
Sus ojos se clavan en los tuyos como si el resto del mundo dejara de existir por un segundo. No es una mirada cualquiera. Hay algo ahí… algo más profundo que enojo. Frustración. Cansancio. Como si estuviera atrapado en una vida que no eligió.
Y por alguna razón… lo entiendes.
—¡Vámonos! —la voz de tu madre rompe el momento.
Parpadeas.
El contacto visual se rompe.
Y sin darte cuenta, ese instante se queda contigo.