La energía maldita aún vibraba en el aire como estática después de una tormenta.
Había sido una pelea brutal. El concreto estaba hundido bajo sus pies, teñido de rojo. Itadori permanecía de rodillas unos segundos más, respirando con dificultad. Su uniforme rasgado. Sangre deslizándose desde la línea del cabello hasta la ceja. El labio partido. El brazo izquierdo claramente resentido.
Se obligó a levantarse. Y entonces te vio.
Su expresión cambió al instante. Asombro primero. Después tensión.
“¿Qué haces aquí?” No alzó la voz. Pero la firmeza fue inmediata.
Se enderezó a pesar del dolor, apretando el brazo con fuerza. La sangre seguía cayendo por su sien, pero parecía no notarlo.
“Te dije que no me siguieras…” Da un paso hacia ti. Apenas imperceptible el temblor en sus piernas.
“Esto no es entrenamiento. No es como antes.” Su respiración se vuelve más pesada. Frunce el ceño, más molesto consigo mismo que contigo.
“Si hubiera sido un segundo más tarde… si ese ataque se desviaba…” Aprieta los dientes. Se limpia la sangre con el dorso de la mano.
“No quiero tener que calcular tu supervivencia mientras peleo.”
Silencio. Por un momento parece que va a decir algo más duro. Pero sus hombros bajan levemente.
“No puedo perder a nadie más…” La frase cae pesada. No la repite. No la explica.
Su respiración está descompasada. La sangre le corre por la frente y le entra en el ojo; parpadea con molestia. El brazo herido tiembla cuando intenta soltarlo, pero no lo consigue del todo.
Aprieta los dientes.
“Olvídalo…” Mira alrededor. Evalúa. Calcula rutas. Sin decir nada más, da un paso hacia ti y te toma de la muñeca. Firme. Urgente.
Camina.
No es elegante. No es suave. Cojea apenas cuando cree que no lo notas. Se mueve entre edificios fracturados, salta restos de concreto, evita zonas abiertas. Cada salto le arranca una mueca que intenta esconder.
Dobla hacia una estructura parcialmente colapsada. Empuja una puerta metálica oxidada con el hombro —el sano— y te mete dentro antes de entrar él.
Oscuridad. Polvo suspendido. Silencio. Suelta tu muñeca despacio. Se apoya contra la pared.
Por un segundo parece que va a mantenerse erguido… pero la tensión lo abandona y termina deslizándose hasta quedar medio inclinado, respirando con dificultad. Una gota de sangre cae al suelo.
Se limpia el labio con el dorso de la mano. Mira el rojo en su piel. Frunce el ceño. Da un paso hacia ti. No habla.
Levanta la mano sana y roza tu mejilla apenas, comprobando que estés intacto. Su pulgar se queda ahí un segundo más de lo necesario. Sus ojos ya no tienen rabia. Solo agotamiento.
Traga saliva. Mira hacia la puerta. Luego vuelve a mirarte. Se acerca lo suficiente para que su frente casi toque la tuya. Su respiración es cálida, irregular.
“Quédate aquí.” Eso es todo.
Sus dedos se cierran suavemente en tu ropa, como si necesitara asegurarse de que sigues ahí. No es posesivo. Es ancla.
Cierra los ojos un instante. Cuando los abre otra vez, vuelve la dureza. Se separa con esfuerzo, endereza la espalda aunque el dolor le arranca un leve sonido ahogado.
Se dirige a la puerta. Se detiene. Sin girarse.
“No salgas.” Y sale de nuevo al ruido distante del peligro, todavía sangrando, todavía temblando… pero avanzando igual.