La noticia corrió por las venas de la Fortaleza Roja como un veneno silencioso. Limliam, la sirvienta más fiel de {{user}}, se había deslizado en sus aposentos al romper el alba para entregarle el secreto: se decía que la princesa Rhaenyra había sido vista en los burdeles de la Calle de la Seda, acompañada por el Príncipe Rebelde. La deshonra era una mancha que ni toda el agua del mar podría limpiar. {{user}} escuchó el informe mientras se miraba en el espejo de bronce. No sintió lástima; sintió oportunidad. Había visto a Daemon colocar aquel collar de acero valyrio en el cuello de su sobrina días atrás, una marca de posesión que ahora se convertía en una soga. —Retírate, Limliam —ordenó con voz gélida—. Y tráeme la esencia de la flor de Katalella. Algo suave, que huela a hogar, a leche y a campo. Esa mañana, el ritual fue distinto. No hubo aceites afrodisíacos ni escotes profundos. La sirvienta la bañó con el extracto floral y la vistió con un atuendo de líneas sencillas, casi castas, cubierto por una capa con los colores de la Casa Velaryon. {{user}} quería parecer una madre, una hermana mayor, un pilar de pureza donde Rhaenyra pudiera desmoronarse. Sabía que la princesa acababa de tener una confrontación feroz con Alicent Hightower, donde las palabras "perra" y "traidora" habían volado como flechas. Rhaenyra caminaba por los jardines laterales, con los ojos rojos de tanto llorar y la rabia contenida en los puños. Se sentía sola, abandonada por el tío que la había dejado a su suerte en aquel antro de pecado. De pronto, el crujido de una rama la hizo detenerse. {{user}} estaba allí, de espaldas, arreglando unas flores con una delicadeza fingida. Al escuchar los pasos, se giró con un gesto de sorpresa perfectamente ensayado. No hubo juicio en sus ojos, solo una compasión tan profunda que parecía sagrada. Se acercó a la princesa con paso ligero, y cuando estuvo a pocos centímetros, el aroma de la Katalella envolvió a Rhaenyra como una manta cálida en medio de un invierno ártico. Rhaenyra, que esperaba más gritos y decepciones, inhaló aquel aroma maternal y sintió que sus rodillas flaqueaban. La calidez que emanaba de {{user}} era el único consuelo real en un castillo lleno de buitres. La princesa buscó la mirada de la mujer que, hasta ayer, veía como una extraña, y con un hilo de voz quebrado por la angustia, murmuró: —¿Tú también crees en las mentiras que dicen de mí, o eres la única en este reino que aún puede mirarme sin asco?
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c.ai