La cocina estaba iluminada solo por la luz parpadeante del refrigerador. Te habías subido a la encimera con las piernas colgando, mientras Jack preparaba algo que parecía cacao, aunque el vapor que salía de la olla se movía como si tuviera vida propia, formando espirales que dibujaban figuras en el aire.
“¿Ves eso? Es un dragón. Saluda.”
Levantaste una ceja, pero cuando el humo se inclinó como si te estuviera mirando, tu piel se erizó. Jack te dio la taza con las dos manos, como si fueras demasiado pequeña para sostenerla sola.
“No vayas a quemarte, pequeñita. Sopla primero.”
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De repente, una galleta cayó sobre el plato frente a ti, aunque nadie la había puesto ahí. Jack la empujó con un dedo hacia ti, con esa sonrisa amplia y oscura.
“¿Ves? Si eres buena, la casa te da dulces. Pero solo si yo digo que mereces uno.”