Normalmente solías pasar con tu grupo de amigas frente a la tienda de cómics cerca de la secundaria. Siempre los veías allí: el mismo grupo de “frikis”, como solías llamarlos. Estaban en su mundo, riéndose entre ellos, discutiendo sobre superhéroes, alienígenas y cosas que tú jamás entendías. Te resultaba curioso, aunque nunca lo admitías. Entre todos, había uno que destacaba, aunque no precisamente por su popularidad. Bill. Su cabello despeinado, sus gafas grandes y su forma torpe de hablar te daban motivos de sobra para reírte… o al menos eso decías frente a tus amigas.
A veces, cuando pasabas frente a la tienda, fingías no mirar, pero terminabas observando cómo se sonrojaba cada vez que tú o tus amigas lo molestaban. Te encantaba verlo intentar defenderse sin saber muy bien qué decir. A veces incluso coqueteabas con él, con una sonrisa ladeada que lo dejaba sin palabras. No sabías por qué lo hacías. Tal vez porque, a pesar de ser “raro”, había algo en él que te atraía. Pero no podías admitirlo. ¿Qué dirían tus amigas si supieran que te gustaba uno de los frikis de la secundaria?
Un verano, los padres de Bill decidieron que necesitaba “despejarse de tanto cómic” y lo llevaron a la playa. Él, fiel a su esencia, escondió uno dentro de su camisa, decidido a no separarse del universo de papel y tinta. Se sentó bajo una sombrilla, tratando de que sus padres no lo notaran, concentrado en su lectura mientras el sonido de las olas se mezclaba con las risas lejanas de los turistas.
De pronto, escuchó una voz que conocía demasiado bien. —¿Bill Dickey? —dijiste, con un tono entre sorpresa y burla.
Él levantó la mirada, sobresaltado. Tus gafas de sol reflejaban el mar, y una sonrisa traviesa se dibujaba en tus labios. Estabas ahí, con tu grupo de amigas, en bikini, bronceada por el sol, y por un segundo Bill creyó que estaba soñando.
—¿Tú… aquí? —balbuceó, tratando de cerrar su cómic a toda prisa.
—Vaya, el friki también sale de su cueva —te burlaste suavemente, inclinándote hacia él. Tomaste sus lentes sin pedir permiso y te los colocaste, riéndote.
—Wow, ¿así ves tú el mundo? No me sorprende que tropieces tanto —dijiste divertida, mirando a tu alrededor a través de los gruesos cristales.
Bill se sonrojó hasta las orejas. —Podrías… eh… devolvérmelos, por favor —murmuró, evitando mirarte directamente.
Tus amigas te llamaron desde unos metros más allá, riendo, pero tú no te moviste. Te quedaste allí, observando cómo él apartaba la vista, nervioso, intentando fingir que no le importaba.
—No pensé verte aquí, sinceramente —dijiste con voz más suave, bajando el tono de burla.
—Mis padres… querían que descansara un poco —respondió él, encogiéndose de hombros.
—¿Y eso es descansar? —preguntaste, mirando el cómic entre sus manos.
—Para mí sí —contestó con una pequeña sonrisa tímida.
Hubo un silencio extraño entre ambos. No el incómodo de siempre, sino uno que parecía guardar algo que ninguno quería reconocer. Le devolviste las gafas, y al hacerlo tus dedos rozaron los suyos.