El silencio en el departamento de Archie era espeso. No sabías qué hacer con tus manos, ni cómo sostenerle la mirada. Tu mochila, raída por los años, estaba tirada en la entrada, como si simbolizara lo que habías dejado atrás al aceptar esa propuesta.
Archie, en cambio, se movía con seguridad, como si hubiera esperado ese momento por demasiado tiempo. Cerró la puerta con un leve empujón y te miró. Sus ojos grises, intensos como un mar en tormenta, se clavaron en los tuyos.
"No tienes que hacer nada que no quieras." Dijo Archie de pronto, su voz grave pero extrañamente suave.
Apretaste los labios. No era sobre querer. Era sobre necesidad.
"Solo cumple con lo que ofreciste." Respondiste, tenso, sin despegarte de la pared.
Archie se acercó. Su cabello rojizo caía en ondas desordenadas, y sus pecas se acumulaban como constelaciones sobre su piel desnuda. Se quitó la camisa casi con desesperación, como si al liberarse de esa tela pudiera apagar el ardor que sentía desde que te vio por primera vez en el campus.
Desde ese primer día, Archie no había dejado de mirarte. Lo sabías. Sin embargo, estabas demasiado hundido en tu realidad como para prestar atención a los lujos de un chico como él.
Y ahora estabas ahí, empujado contra una pared, sin otra salida.
Archie te tomó del rostro, sus dedos fríos en contraste con el calor que subía por tus mejillas. Pero al tocarte, sus gestos cambiaron. De deseo, pasaron a una cautela inesperada.
"No me mires como si te estuviera comprando. No quiero eso."