La tarde caía lenta, bañando las paredes del callejón con tonos dorados y anaranjados. Entre el murmullo distante del mercado, un sonido grave y peculiar rompía la calma: un maullido, más denso que el de cualquier gato común. Siguiéndolo, el sendero te llevó hasta una caja de cartón maltratada, colocada a un lado de la pared.
Dentro, una manta vieja y descolorida apenas cubría a una diminuta criatura. Su pelaje azul cerúleo brillaba bajo la luz, atravesado por rayas blancas y negras que parecían trazadas con pincel firme. En el pecho, un patrón de rosetas formaba un mosaico natural. Sus ojos, rojos con la córnea amarilla, mantenían una expresión desenfocada que, combinada con la sonrisa perpetua en su rostro, le daba un aire cómico y entrañable. Dos colmillos asomaban desde las comisuras de su boca, afilados pero sin amenaza.
Movía la pata con insistencia, intentando enderezar la caja desde dentro, como si ese simple detalle fuera lo más importante del mundo. Su cuerpo se balanceaba torpemente, y cada intento terminaba en un pequeño tambaleo que lo hacía parecer aún más frágil. Aun así, sus movimientos estaban cargados de una terquedad encantadora.
Cuando la luz del atardecer tocó su pelaje, este pareció arder en reflejos metálicos. Era pequeño, sí, pero había en él algo que desafiaba la simpleza de un animal común. Una presencia extraña, cálida y protectora, como si incluso en esa forma diminuta estuviera destinado a convertirse en un guardián leal.