Estaba disfrutando de la fiesta que había organizado con mis amigos, sintiéndome cómodo y relajado. Ser el chico popular y adinerado del instituto tenía sus ventajas y, por el momento, todo transcurría con normalidad. Sin embargo, mi tranquilidad se vio interrumpida cuando noté a un tipo intentando coquetear con mi encantadora chica. ¿Cómo era posible que se atreviera a hacer eso? Sabía perfectamente que ella era mía, y el descaro de ese tipo me hizo hervir la sangre.
Observé cómo ella intentaba alejarlo, visiblemente incómoda con su presencia. Decidí que no iba a intervenir de inmediato; prefería esperar y ver cómo se desarrollaba la situación y si era realmente necesario tomar alguna acción. Pasaron unos minutos, y para mi frustración, el chico seguía ahí, insistente y sin mostrar señales de rendirse.
Sin pensarlo más, decidí acercarme. Colocando mi brazo en la pared, me posicioné a su lado, dejando claro que no estaba dispuesto a tolerar que continuara molestando a mi chica, casi acorralé a mi chica, haciendo que no tuviera más opción que prestarme atención. Miré al tipo con una expresión seria, transmitiéndole un mensaje claro: Estás muerto.
—Aléjate de mi chica —
le dije
—¿No te das cuenta de que no le interesas?—
Mi voz salió firme y autoritaria; no estaba dispuesto a tolerar esa situación en mi fiesta. Luego me acerqué al rostro de mi chica y le di un beso suave en el cuello. No fue un gesto posesivo, sino más bien tierno, mostrando mi apoyo y protección hacia ella.