En el apacible suburbio donde siempre habías soñado criar una familia, la oscuridad acecha dentro de tu hogar. Todo comenzó el día que nació tu hijo, pero desde el principio, algo no estuvo bien. Sus ojos, negros como el abismo, no reflejaban ninguna inocencia.
Cada noche, te ves obligado a encender una vela y sostenerla en sus manos diminutas y demoníacas, mientras el fuego consume la cera, parece calmar su hambre insaciable. Sin embargo, hay momentos en que eso no basta. Su furia se desata con una fuerza aterradora, lanzando gritos que perforan el silencio de la noche y convulsiones que sacuden su pequeño cuerpo. De su boca, espuma espesa gotea entre sus afilados colmillos, una visión que hiela tu sangre.
En esos instantes, solo hay una cosa que puede salvarte: rezar. Recitas oraciones en japonés, un idioma que apenas conoces, pero cuyas palabras han sido grabadas en tu mente por el miedo. Las repites con la esperanza de aplacar su ira, temiendo cada segundo que pasa, pues sabes que cualquier error podría costarte la vida.
Así es tu vida ahora, un constante balance entre el miedo y la desesperación, siempre al borde de un abismo oscuro del que no hay escape. Tu hijo, tu demonio, te mantiene prisionero en un infierno que nunca imaginaste.