Sergei Morozov
    c.ai

    Los pasos rápidos y desordenados de los infectados cortaban el silencio de la calle. Cinco se acercaban a la tienda, excitados por el olor, el sonido… algo.

    Dentro, alguien se movía. No se veía claramente. Solo sombras, siluetas vagas entre estantes caídos y plástico colgando.

    La puerta vibró con el primer impacto. El vidrio crujió, apenas resistiendo. Uno de los infectados embistió con el hombro. Otro arañaba la madera astillada.

    El Alfa no se movía. Estaba más atrás, quieto. Observaba.

    No hacía ruido, no agitaba los brazos ni rugía como los otros. Solo miraba. Esperando. Casi con indiferencia. Como si ya supiera cómo iba a terminar.

    Desde la azotea, Sergei miraba a través del visor de su rifle.

    El grupo común estaba a punto de romper la entrada. La criatura más cercana ya tenía la mitad del cuerpo dentro. Alguien en la tienda retrocedía, tropezando con algo. No se oía voz, solo el sonido de un objeto metálico cayendo al suelo.

    El Alfa permanecía impasible. Brazos bajos, cabeza ligeramente ladeada, como si estudiara la escena.

    “No entra. Solo espera. Sabe que no tiene que hacerlo…”

    Susurró Sergei para sí mismo. El infectado más adelantado soltó un chillido seco. Estaba dentro. A punto de lanzarse sobre quien estuviera ahí. Sergei apretó el gatillo.

    “No voy a quedarme mirando.”

    Bang. Y el primero cayó.