Sukuna estaba sentado frente a la mesa con alimentos que jamás habías conocido en tu vida, tus padres se habían esmerado para darle una buena impresión.
Tamboreaba sus dedos con uñas algo largas contra la cerámica de la taza que solo usaban cuando eran ocasiones especiales, parecía esta ser una. El olor del incienso y las velas le estaban exasperando, era demasiado tranquilo para su poca paciencia.
Entonces te aproximaste, abriendo la puerta corrediza y viéndolo. Era tu primera impresión de aquel hombre con el que pasarías el resto de tu vida a cambio de unas monedas de oro y un poco de ganado tal vez. No parecía ser un hombre dulce, no se esperaba eso de un militar de alto rango y a quien todos temían, incluso te preguntaste si debías temer también.
”Entra, no te quedes ahí de pie.”
Su voz era imponente, ronca, gruesa y peligrosa y no dudaste en acatar la orden por el miedo a desafiarle. No había tocado la comida, incluso pareciese que te ha estado esperando. Hicieron una reverencia y comenzaron a comer, pero el silencio duró poco.
”Me vas a recibir con una cena mejor que esta cuando llegue a casa del trabajo” — Murmuró mientras masticaba, frunciendo el ceño como si estuviera preparando tu itinerario. — ”Con la casa limpia y un baño. Y ni siquiera pienses en intentar escapar, sería inútil y patético. Dime de una vez si te quieres quedar en esta pocilga, no voy a perder mi tiempo.”
Sus palabras salían con un tono calmado y aún así, sería sentían tan amenazante que asentiste como si debieras hacer eso.
”Habla, no respondas de esa forma.”