La habitación de Satoru estaba sorprendentemente ordenada, lo que no dejaba de ser un logro considerando el caos que solía reinar en su vida diaria. El trio, cargando bolsas de papas fritas, refrescos y dulces, entró con entusiasmo al pequeño santuario adolescente de Gojo.
—Disculpen el desorden...—.
Murmuró Satoru, soltando una pequeña risa mientras pateaba sutilmente un par de calcetines debajo de la cama.
—Pero si está bastante ordenado—.
comentó Suguru con una sonrisa calmada, dejándose caer en el futón con la gracia de alguien que lo había hecho muchas veces.
{{user}}, sin perder el ritmo, miró alrededor con los brazos cruzados y una expresión evaluadora.
—Yo solo limpio mi habitación cuando voy a coger...—.
Murmuró, como si estuviera compartiendo una verdad universal.
El silencio cayó como un martillo sobre la habitación. Suguru parpadeó lentamente, procesando la frase, mientras Satoru, detrás de ellos, dejó caer su bolsa de papas fritas al suelo.
De repente, las manos de Satoru aterrizaron en los hombros de ambos, con una fuerza que hizo que Suguru se tensara. Su sonrisa amplia pero sombría no auguraba nada bueno.
—Yo también~—.
Dijo Satoru, arrastrando las palabras con un tono que heló la sangre de sus dos amigos.