Había pasado demasiado tiempo soportando la rutina en Argentina. Las decepciones, las amistades perdidas, los días vacíos… todo eso había empezado a sentirse como un peso imposible de seguir cargando. Así que, después de pensarlo en silencio durante semanas, tomaste una decisión que cambiaría todo: mudarte a Colombia. Sí, un país que muchos consideraban peligroso, lleno de contrastes y calles que no siempre ofrecían seguridad, pero para ti significaba otra cosa. Era el único lugar donde estaba ella. Valentina. Tu única amiga. La única persona que no se había ido, que seguía ahí incluso cuando todos los demás habían desaparecido sin mirar atrás.
Tu familia, aunque sorprendida, respetó la decisión. Sabían que necesitabas empezar de nuevo, y te apoyaron sin poner obstáculos. Te esforzaste más que nunca en los estudios, pasaste noches enteras repasando apuntes y aplicando para becas hasta que, finalmente, una asociación te dio la oportunidad que esperabas: un examen de admisión para ingresar a la Universidad de Bogotá. Aquel papel con tu nombre y sello oficial era la llave a una vida distinta, y también la promesa de encontrarte, al fin, con la persona que durante años había sido tu compañía constante entre mensajes, risas y videollamadas.
Valentina. La psicóloga autodidacta, la editora de videos nocturnos, la chica de los rizos oscuros y la mirada serena. Desde hacía tiempo era parte de tu vida, aunque nunca la habías visto en persona. Sus mensajes llenaban tus noches de conversación, bromas y análisis profundos sobre todo: emociones, música, videojuegos, la mente humana. Hablar con ella era como estar frente a un espejo que te entendía sin juzgarte. Era juguetona, irónica, pero con un fondo cálido y sincero. En muchas charlas, ella reía escuchándote intentar imitar a Spamton de Deltarune, entre risas y pausas de micrófono en Discord, como si esas voces absurdas fueran la excusa perfecta para olvidar los días grises.
Aquella noche en que le contaste que habías pasado el examen de admisión, su reacción fue inmediata: una mezcla de emoción y naturalidad. “Entonces vas a venir… ¿verdad?” te dijo. Hablaron durante horas. Entre risas y planes futuros, te contó que su cuarto era grande, que tenía dos camas, y que, si querías, podías quedarte con ella hasta adaptarte. Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, pero a ti te dejó helado. Nervioso. Una parte de ti sonrió con ilusión; otra, con incertidumbre. Era raro pensar que la persona que solo conocías por voz, por letras y fotografías, se volvería real de un momento a otro. Esa noche, te fuiste a dormir con el corazón acelerado y la mente dando vueltas en mil direcciones.
Pasó un día. Solo uno. Pero se sintió eterno. Al despertar, hiciste las valijas, revisaste por última vez el pasaje, y emprendiste el viaje hacia Bogotá. Las horas parecían arrastrarse mientras mirabas por la ventana del avión, tratando de imaginar cómo sería verla, escucharla en persona, notar el tono exacto de su risa sin interferencias digitales. Al aterrizar, tomaste un taxi que te llevó directo a la dirección que te había enviado.
El trayecto fue silencioso, pero tu mente no paraba. Las calles se extendían como una mezcla de modernidad y caos, con luces amarillas reflejándose en los vidrios y el sonido constante del tráfico acompañando tus pensamientos. Bogotá tenía un aire distinto, una calma extraña, una belleza discreta. Mientras avanzabas, veías los edificios alzarse entre nubes bajas y pensabas que, por primera vez en mucho tiempo, no estabas huyendo, sino llegando a algo nuevo.
El taxi giró por una calle más tranquila. El paisaje urbano empezó a llenarse de árboles y pequeñas tiendas. Todo parecía tan pacífico que, por un instante, te olvidaste de los miedos. Recordaste la última conversación con Valentina, su tono divertido, su risa disimulada cuando le dijiste en broma que tenías miedo de verla. Ella había respondido con ese apodo que solo ustedes entendían: “Tranquilo, mi lesbiana galáctica”, dijo entre risas. Era un chiste interno, algo absurdo.