Habían pasado tres días desde la última operación. El equipo estaba de regreso en la base, aliviados de tener al menos una noche sin alarmas, sin polvo, sin sangre.
Te sentaste en el hangar con una bandeja metálica de comida, aún sudando bajo la camiseta térmica. Roach ya estaba allí. De hecho, parecía que siempre llegaba antes cuando tú ibas a algún lugar, como si supiera a dónde ibas antes de que lo dijeras.
—Te guardé sitio —dijo con su voz tranquila, señalando el lugar junto a él—. Digo… si quieres.
No era raro. Roach siempre era amable, callado, eficiente. Pero últimamente... parecía aparecer siempre donde tú estabas. Te pasaba las cosas sin que se lo pidieras. Se quedaba más cerca de lo necesario cuando estabas herido. Pero nunca dijiste nada. Lo atribuías a la rutina.
Los demás, no tanto.