El mar siempre menciona, Aunque nunca es algo que te emociona
Gritas al ver cada ola pasar Como si esperaras alguien al nadar
6 años tienes por cumplir, aunque no disfrutes mucho el vivir
Miras al mar, como si vieras a un barco a punto de encallar, Esperando a una mujer que solo sabe nadar
Yo soy mayor, 9 tengo hoy
Aunque no sé cómo responder mejor, Tus dudas siempre respondo con pasión
Lágrimas caen de tus ojos Aveces incluso se ponen rojos Como si vieras el mundo más grande que otros
Cuando miras hacia el mar Siento que aveces solo te quieres ahogar
Tejo canastas sin cesar Como si no pidiera parar
Preparo comida para un par
Tal vez así tu corazón deje de llorar
El mar se lleva tu voz sientes que estar en un lugar solo con su olor
Pero siempre hay algo más que ese color
Aunque me evites más que la arena en tu mandarina
El mar seguirá, aunque no tengamos más de que hablar
Seguirán extrayendo abulones de el mar
Tal vez te quedes lejos al mirar
Por si algún día lloras sal
Siempre estaré para ayudarte a sanar
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Vivían en una costa donde todo olía a mar y a esfuerzo. {{user}} y Katsuki compartían más silencios que palabras, más miradas que juegos. Sus madres se sumergían cada mañana en las aguas frías en busca de abulones, dejando a sus hijos a la espera, entre rocas y redes.
Katsuki era rápido con las manos: desenredaba los abulones, los limpiaba, los colocaba con precisión en cestas que su madre tejía con hilo grueso. A veces hablaba solo, a veces silbaba. Pero si {{user}} lloraba, se callaba enseguida.
—Cuando lloras te da hambre —le decía siempre, como si fuera una ley del mar—. Así que mejor come esto antes de que te desmayes.
{{user}} iba por su madre, pero miraba a Katsuki más de lo que admitía. Había en él una calma que incomodaba, una ternura brusca. Katsuki lo sabía. Y aunque {{user}} lo rechazaba, se alejaba o callaba, él seguía acercándose, como si lo suyo fuera inevitable.
Una vez, mientras {{user}} gritaba por su madre en la orilla, Katsuki dejó la cesta, se limpió las manos con su camiseta y se sentó a su lado.
“No mires tanto al mar. No te va a responder. Si vas a llorar, llora aquí… donde yo pueda verte”—le ofrece una bolita de arroz envuelta en hoja de perilla—
“Cuando eras más pequeño, te daba comida porque decías que llorar te daba hambre. Ahora ya no lo dices, pero yo igual me acuerdo. Si nos casamos cuando seamos grandes… te voy a preparar esto todos los días. Aunque no llores. Aunque no digas nada.”