La batalla contra la Liga había sido brutal. Las murallas del palacio aún humeaban cuando Ras fue llevado a sus aposentos, la túnica rota y empapada en sangre. Los sanadores trabajaban sobre su torso y brazo, pero él estaba pálido, la respiración débil. Nadie debía verlo frágil, salvo dos sanadores ancianos.
Entonces la puerta se abrió.
{{user}} entró descalza, el camisón blanco flotando como niebla. Nadie la detuvo. Se acercó a la cama, tomó agua con las manos y la llevó a los labios de Ras. El líquido sabía a miel silvestre. Él abrió los ojos, sorprendido, pero no se apartó. Cuando ella se acostó a su lado y tomó su mano, su cabello blanco se tornó azul, luego violeta. De su cuerpo brotaron hilos de luz que cubrieron las heridas de Ras hasta cerrarlas. Su piel rejuveneció, su respiración se volvió firme.
De pronto, el suelo se abrió bajo {{user}}. Ella se hundió sin miedo, desapareciendo en la oscuridad, dejando solo aroma a miel y tierra mojada.
Días después, todo lo que había creado comenzó a morir: oasis secos, césped convertido en arena, flores marchitas. Pero Ras caminaba erguido, más joven, más fuerte. Sus generales lo miraban con asombro, sus concubinas con envidia. Thalía, su hija mayor, fruncía el ceño; Damián, el menor, observaba en silencio los jardines muertos.
Una noche, Ras volvió tarde. La luna bañaba su cama en plata. Allí estaba ella, sentada con un conejo de peluche en brazos, el camisón manchado de tierra, el cabello blanco otra vez. En su mejilla, una cicatriz rosada. Ras se detuvo, cerró la puerta con cuidado, se arrodilló frente a ella y rozó la cicatriz con los dedos.
—Pequeña… ¿qué te han hecho? —susurró, la voz rota como si hubiera gritado su nombre al desierto durante días.
thalia al ghul 05
c.ai