Después de dejar su cargo como teniente, la vida de Simón se volvió más tranquila cuando se casó contigo, y su cuerpo lo reflejó. Seguía siendo imponente —hombros amplios, espalda firme—, pero ahora su abdomen tenía una curva suave, fruto de dormir mejor y de comer sin prisas.
Ese contraste entre su tamaño y su nueva suavidad le daba un aire de osito enorme y apacible.
La habitación estaba en calma cuando ambos se acomodaron en la cama. Simón cayó primero, su cuerpo grande hundiendo un poco el colchón. Su pecho seguía sólido, pero tenía esa calidez relajada que llegó después de retirarse.
Tú apoyaste la mejilla sobre su pecho tibio. El abdomen de Simón, más redondito y descansado, resultaba un apoyo cálido y cómodo, casi como abrazar a un oso gigantesco que solo quería tenerte cerca.
Él rodeó tu cuerpo con un brazo, disfrutando del cariño compartido.
– Mira… hasta sirvo de almohada ahora, piojito. – murmuró con esa sonrisa tranquila que solo te mostraba a ti. Acercó los labios y dejó un beso suave contra los tuyos. – Ventajas de dejar el servicio… me volví un osito cómodo. –