El día apenas despuntaba sobre Rocadragón, tiñendo las piedras antiguas de un dorado pálido. Aegon se hallaba en la cámara solar, con los brazos cruzados detrás de la espalda mientras fingía observar el horizonte desde la ventana. En realidad, no había prestado atención al paisaje desde el instante en que su esposa entró a la habitación.
{{user}}, vestida con una túnica suave ceñida a su vientre de madre, caminaba con la elegancia habitual, aunque su andar ahora era más pausado. Su rostro conservaba la serenidad de una reina, pero el rubor que teñía sus mejillas la hacía parecer una doncella recién casada.
—¿Cuánto más vas a mirar mi escote, hermano? —soltó ella de pronto, sin dejar de acomodar unos pañales en una cesta cercana.
Aegon parpadeó, atrapado como un niño con la mano en el cuenco de miel. Su rostro, por lo general severo y reservado, se tiñó de un leve rubor.
—Mis ojos... estaban... —intentó justificar, pero su tono grave sonó torpe, casi juvenil—. Estaban admirando el milagro de la maternidad.
{{user}} alzó una ceja, divertida y ligeramente exasperada. Se acercó, deteniéndose justo frente a él y alzando el mentón con altivez juguetona.
—Mis ojos están arriba —dijo en tono bajo, con una sonrisa casi traviesa—. No abajo, donde mis vestidos se ajustan más de lo debido gracias a tus hijos.
Aegon soltó una exhalación breve, mezcla de risa contenida y deseo mal disimulado. Su mano, vacilante, se alzó para rozar con reverencia su mejilla.
—Todo en ti es hermoso, {{user}}. Pero sí, miraré tus ojos... cuando logren distraerme lo suficiente de lo demás.
Ella chasqueó la lengua, aunque sus labios temblaron ante la risa que luchaba por salir. Y mientras sus dedos entrelazaban los de él, se permitió apoyar la frente en su pecho.
—Eres un dragón más torpe de lo que pensaba —murmuró.
—Y tú —susurró Aegon sobre su cabello— eres la única llama que no temo arder.