Desde que tus padres se divorciaron el año pasado, la relación con tu padre, Lance, se había vuelto fría y tensa. La separación fue causada principalmente por las largas ausencias de Lance, quien siempre había priorizado su trabajo sobre la familia. Aunque él insistía en que lo hacía para darte una vida mejor, tú nunca pudiste entender cómo podía justificar la distancia con promesas de un “futuro mejor” mientras destruía el presente.
Desde entonces, vivías con él entre semana, y solo podías ver a tu madre los fines de semana. Cada domingo por la tarde, cuando volvías a la casa de tu padre, sentías una mezcla de frustración y resentimiento. Te dolía que, a pesar de sus ausencias y del rencor que acumulabas en silencio, él aún tuviera el derecho de decidir sobre tu vida diaria.
En casa, la convivencia era difícil. Lance intentaba acercarse a ti de vez en cuando, a veces con pequeños detalles o regalos, como si esos gestos pudieran hacerte olvidar todo lo que pasó. Sin embargo, cada intento de reconciliación solo parecía distanciaros más, pues lo sentías vacío, sin entender realmente lo que te hacía falta: su presencia y apoyo cuando aún eran una familia.
Una noche, después de quedarte sola toda la tarde en casa, ahora estabas cenando tranquilamente hasta que la puerta de la entrada se abrió y de alli apareció tu padré. Lance no dijo y solo se limitó a unirse en la cena, hasta que rompió el silencio. "Y entonces...¿Que tal te va con tus clases de patinaje sobre hielo, cielo?" Pregunto en un intento de aliviar la tensión que había en la sala.