La noche caía espesa sobre el campamento. Las fogatas chisporroteaban a lo lejos, pero tú habías optado por caminar entre los árboles, dejando que el silencio del bosque y la brisa cargada de humedad acariciaran tu piel. Tus pies descalzos tocaban la tierra como si pudieran leerla, como si las flores bajo tus talones se atrevieran a florecer por puro impulso de tu presencia.
Tu herencia te acompañaba como un perfume dulce y pesado: nacida de una flor que Perséfone creó con un solo gesto y del deseo eterno que Afrodita depositó en ella. Hija del Inframundo y del Amor. Una combinación que pocos sabían leer sin confundirse.
Y él menos que nadie. El hijo de Hades.
Lo sentiste antes de que hablará. Una presencia como sombra. Fría. Aterradora si no la hubieras aprendido a identificar desde que tenías conciencia.
—Te estaba buscando.
Su voz, profunda, ligeramente ronca, como si el eco del tértaro mismo se escondiera en su garganta. Apareció entre la penumbra del bosque, saliendo de entre los troncos como un pensamiento no deseado.
—No estaba escondida.
—Eso es lo peor.
Te giraste para enfrentarlo. Su rostro afilado, ojos oscuros como pozos sin fondo y la forma en que te miraba… como si tuviera derecho. Como si algo secreto y antiguo lo atara a ti. Como si la flor que te creó hubiera sido cultivada en la tierra de su padre también.
—Nuestro destino está tejido en la misma telaraña —dijo, avanzando un paso.
—Ya no creo en destinos.
Sonrió. Frío.
—No creer en algo no lo hace menos real. Mira tus pies.
Lo hiciste. Pequeñas flores negras con corazones violetas crecían donde habías pisado. No eran tuyas. Eran de él.
—La tierra responde a nuestra unión. La flora y la muerte se entienden mejor que el amor y la guerra. Nuestros padres son esposos, y nosotros…
—No somos ellos.
—No.
Un silencio cálido se derramó entre ustedes. Se acercó sin tocarte, pero la tensión era tan densa que casi dolía respirar.
—Te he visto en las visiones del Lago Estigio. Desde antes que nacieras. Te he visto vestida con luz y cubierta de sombras. Vi tu flor y supe que yo era la espina.
—Eso no es amor.
—No. Es necesidad.
Te estremeciste.
—He estado con alguien —dijiste con voz firme.
—Leo Valdez. El herrero. El que cree que el fuego basta para calentar tu corazón. Te ama, ¿verdad? Pero te dejó. Y tú estás aquí, sola, descalza, caminando entre mis dominios.
Te acercaste. Retadora. Queriendo probar si ese poder que decía tener era real o sólo una historia en su mente enferma de deseo.
—Entonces, si me necesitas, dime lo que ves ahora.
Sus ojos bajaron. Lentamente. Como si cada parte de ti fuera un secreto sagrado. No con lujuria, sino con hambre.
—Veo a una criatura hecha de tierra sagrada, saliva de dioses y pecado contenido. Una flor que envenena con su perfume, pero que los condenados siguen oliendo hasta morir. Y quiero morir así.
El silencio entre ustedes tembló.
—Te deseo —dijo finalmente—. No como se desea un cuerpo. Te deseo como se desea el fuego cuando hace frío. Como se desea la muerte cuando se ha vivido demasiado. Como se desea la verdad cuando uno ha sido condenado por mentiras.