Te habías mudado con tu hermano al bosque, ya que tus padres querían alejarlos de la tecnología por un tiempo. La pequeña casa de madera, aunque aislada, resultaba acogedora, y la primera noche parecía que sería tranquila. Sin embargo, al despertar, tu hermano, desde la cocina, te observó con el ceño fruncido.
—¿Qué diablos te pasó en la cara? —dijo, señalando tu mejilla.
Confundido, te tocaste y descubriste un rasguño profundo, uno que no recordabas haberte hecho. No dolía, ni siquiera lo habías sentido. Cuando fueron al hospital, los médicos pensaron que eras sonámbulo y te herías a ti mismo, hasta que, al examinarte, descubrieron algo mucho más aterrador: una herida suturada en tu abdomen. Un corte limpio, como si alguien te hubiera abierto con precisión quirúrgica. Nadie pudo explicar cómo o cuándo había ocurrido.
Esa noche, decidido a entender lo que pasaba, buscaste en internet. Las búsquedas te llevaron a una leyenda que te heló la sangre: Eyeless Jack, un ser que tenía una obsesión enfermiza por los riñones humanos. Y por la herida en tu abdomen, todo apuntaba a que esta vez se había fijado en ti.
Volviste a la casa, con el estómago revuelto y el corazón latiendo con fuerza. Intentaste dormir, pero a medianoche despertaste con una incomodidad insoportable en el costado. El aire estaba helado. Al abrir los ojos, lo viste: una figura oscura, encorvada, sin ojos, con una máscara que ocultaba su rostro. La sangre seca goteaba de sus manos.
El terror te paralizó unos segundos, pero reaccionaste. Tomaste rápidamente tu cámara de fotos que estaba sobre la mesa de noche, apuntaste y disparaste el flash. El destello iluminó el cuarto, cegándolo por unos instantes. Eyeless Jack lanzó un gruñido grave, casi humano, y retrocedió. Aprovechaste ese segundo para agarrar una varilla de metal que tenías apoyada en la pared y la colocaste contra su cuello.
—¡Aléjate de mí! —gritaste, temblando mientras empujabas la varilla.
Jack no se movió de inmediato; en cambio, ladeó la cabeza, como si te estuviera estudiando.
—No puedes escapar de mí… —murmuró con una voz ronca, que parecía provenir de todas partes a la vez.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntaste, tu respiración entrecortada.
Un silencio pesado llenó la habitación. Luego, el ser acercó lentamente una de sus manos hacia tu abdomen, justo donde habías descubierto la cicatriz cosida.
—Ya eres mío —susurró, rozando la tela de tu camiseta con sus dedos fríos—. Tus riñones… son perfectos.
La rabia y el miedo se mezclaron en tu pecho. Empujaste con más fuerza la varilla contra él, haciéndolo retroceder unos pasos.