Lo habías planeado todo al milímetro. Rutas de escape, puntos ciegos de las cámaras, cambios de turno anotados como si fueran fórmulas secretas. Era perfecto. Matemático. Impecable.
Y aun así volvió a encontrarte.
Valiant Hawk.
El favorito de la ciudad. El héroe de las selfies. El campeón del “yo nunca me equivoco”. Básicamente, el chico del póster motivacional con capa incluida.
Esta vez casi lo logras. Una pequeña explosión de distracción, un par de segundos de confusión, humo suficiente para desaparecer como truco de magia barato pero efectivo. Te deslizaste hasta un almacén olvidado donde el polvo cubría todo como si nadie hubiera pagado renta en años.
Respirabas rápido. El corazón marcando ritmo de película de acción. Estabas tan cerca que ya imaginabas tu salida triunfal en cámara lenta.
Bajaste la guardia.
Un segundo.
Clic.
El sonido seco de un mecanismo activándose detrás de ti.
Y luego, algo frío apoyándose en tu frente.
Suspiraste.
Ni siquiera necesitabas mirar. Esa presencia que entra a un cuarto como si el lugar hubiera sido construido en su honor solo podía ser él.
Te giraste despacio.
Ahí estaba. Traje impecable. Cabello apenas movido por la persecución, como si hubiera salido de un comercial. Sonrisa ladeada. Mirada brillante de “ya gané”.
Alzó una ceja, divertido.
”¿Siempre eres así de fastidioso? Parece tu superpoder” dijo con esa voz grave que hace suspirar a media ciudad y que a ti solo te provoca ganas de aplaudirle en la cara.