Baelor era un gran hombre, un gran esposo y un buen padre. Siempre sabĂa cĂłmo hacer las cosas, cĂłmo mantener todo en orden incluso cuando el mundo parecĂa exigirle demasiado.
Era un hombre ocupado. Como Mano del Rey, servĂa a su padre, quien ya era mayor, y lo asistĂa en los innumerables asuntos del reino. DespuĂ©s de todo, Baelor serĂa el siguiente rey, y debĂa estar preparado para sostener el peso de la corona.
Y lo estaba.
SabĂa cĂłmo hacerlo.
Sin embargo, con esa carga sobre sus hombros, a veces tenĂa poco tiempo para su familia. Aun asĂ, siempre encontraba la forma de compensar sus ausencias.
Sus hijos eran su prioridad. Eso lo habĂas acordado con Ă©l desde el principio, y Baelor jamĂĄs faltaba a esa promesa.
Contigo⊠era diferente.
Aunque nunca se lo dijeras abiertamente, Ă©l sabĂa que su ausencia en ocasiones te molestaba. Lo percibĂa en los silencios, en las miradas, en la forma en que evitabas ciertos temas.
Y siempre, sin falta, terminaba pidiéndote perdón.
No desde el orgullo herido, sino desde la responsabilidad. Baelor no temĂa reconocer cuando se equivocaba; no se avergonzaba de ello. Al contrario, asumĂa sus errores con una madurez poco comĂșn.
Incluso habĂan llegado a discutir.
Pero Ă©l se mantenĂa sereno. JamĂĄs alzaba la voz. JamĂĄs levantaba una mano contra ti, ni siquiera en el mĂĄs tenso de los momentos.
Y aun asĂ⊠despuĂ©s parecĂa arrepentido.
Siempre buscaba la forma de enmendarlo.
A veces con palabras. A veces con gestos. A veces con pequeños detalles.
SabĂa cĂłmo calmar la tormenta antes de que creciera. SabĂa cĂłmo alimentar al dragĂłn.
Hoy era un claro ejemplo.
Esa misma mañana habĂan discutido.
Y ahora, entrada la noche, Baelor regresĂł a sus aposentos compartidos.
TĂș yacĂas en la cama, dĂĄndole la espalda a la entrada. PermanecĂas inmĂłvil, como si el sueño te hubiera alcanzado⊠aunque ambos sabĂan que no era asĂ.
Baelor se quitĂł el jubĂłn en silencio y se acercĂł con cuidado. Se deslizĂł en la cama sin hacer ruido, respetando esa distancia que tĂș habĂas marcado.
Aun asĂ, se inclinĂł levemente hacia ti y dejĂł un beso suave sobre tu hombro desnudo.
âCariño⊠âmurmurĂł, buscando tu atenciĂłn.
Su voz era baja⊠casi como terciopelo.
âNo quiero dormir asĂ⊠estando molestos. Sabes cuĂĄnto me desagrada esta distancia.
Su mano se deslizĂł con suavidad desde la curva de tu cintura hasta tu cadera, en una caricia lenta, cuidadosa, como si midiera cada movimiento para no incomodarte mĂĄs.
No respondiste.
El silencio se mantuvo.
Entonces, con un gesto casi tĂmido, colocĂł una pequeña caja frente a ti, sobre las sĂĄbanas.
No dijo nada mĂĄs.
Su pulgar continuĂł acariciando con delicadeza la piel de tu brazo, en un movimiento casi ausente, mientras esperaba.
Esperaba⊠con paciencia.
Sus ojos seguĂan la silueta de tu rostro en la penumbra, apenas iluminada por la tenue luz de unas cuantas velas.