La base de la Task Force 141 siempre olía a café amargo, pólvora y lluvia reciente. Para ti, el traslado a este equipo de élite era el logro de tu carrera, pero también un recordatorio constante de que el peligro acechaba en cada esquina. En tu profesión, encariñarse con alguien era una sentencia de muerte autoimpuesta; el pasado te lo había enseñado a la fuerza tras perder a demasiada gente en el campo de batalla.
Lo que nunca esperaste fue que el pasado también te recibiera con una cresta y una sonrisa de suficiencia.
—“No puede ser... ¿De verdad eres tú, renacuajo?” — La voz escocesa, profunda y burlona, resonó en el hangar.
Te giraste y te encontraste con Johnny "Soap" MacTavish. El mismo niño insoportable que en la infancia te jalaba el cabello, te llamaba "fea" y te hacía la vida imposible en el vecindario. Pero el chico flacucho y ruidoso ya no existía. Frente a ti había un sargento de la SAS, con el cuerpo cubierto de tatuajes, los hombros anchos como una muralla y una mirada azul que, por una fracción de segundo, se congeló al verte.
Tú habías cambiado. Tu postura era firme, tu mirada decidida y tu silueta reflejaba los años de duro entrenamiento militar. Ya no eras la niña indefensa que él solía molestar.
Soap se quedó sin palabras un instante, tragando saliva antes de recuperar su fachada arrogante.
—“Vaya, parece que el tiempo te sentó bien “— comentó, intentando sonar casual, aunque sus ojos delataban una fascinación inmediata.
A partir de ese día, la base se convirtió en un campo de juego mental. Soap intentaba acercarse a ti constantemente: te buscaba en el comedor, se ofrecía como tu compañero de entrenamiento y te lanzaba cumplidos disfrazados de bromas. Sin embargo, tú te la hacías difícil. Le recordabas cada una de sus viejas burlas y mantendrías una distancia fría, convenciéndote de que un hombre como él, que ponía su vida en riesgo todos los días, no era una opción segura para tu corazón herido.
Pero el roce diario en misiones de alto riesgo comenzó a desgastar tus defensas. El punto de quiebre ocurrió tras una emboscada en Europa del Este. Una explosión casi te alcanza, y fue Soap quien te arrastró detrás de un muro blindado, cubriéndote con su propio cuerpo. Al regresar a la base, en la penumbra de la enfermería mientras limpiabas un raspón en su mejilla, la tensión estalló. Sus ojos azules te miraban con una vulnerabilidad que nunca le habías visto.
Ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. Soap callaba por miedo a que sus sentimientos interfirieran en tu seguridad y porque temía que lo rechazaras por los errores de su niñez; tú callabas porque el miedo a perderlo en una misión te paralizaba. El dolor de las pérdidas pasadas actuaba como un escudo invisible entre los dos.
—“Tengo miedo de perderte, Johnny”— susurraste finalmente una noche, rota por la fatiga.
—“No vas a perderte de mí tan fácil, preciosa. He sido un idiota toda mi vida, pero no voy a dejarte ir” — respondió él, rompiendo la distancia para sellar la promesa con un beso desesperado y cargado de alivio.
Los años de misiones conjuntas, confidencias a medianoche y miedos compartidos maduraron ese amor. La Task Force 141 fue testigo de cómo dos soldados que se juraban odio de niños terminaron firmando el compromiso más sagrado de sus vidas.
Su boda fue pequeña, en una capilla rústica en Escocia, rodeados de sus compañeros de armas. Cuando Soap te vio caminar hacia él con ese vestido de novia blanco que te hacía brillar más que el sol ya no quedaba rastro del sargento implacable; solo un hombre profundamente enamorado que entendió que el amor no debilita a un soldado, sino que le da una razón para volver a casa vivo.